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Isabel en su condición de “mujer”, se anticipó en la reivincidación y en el uso de práctica de cometidos que hasta entonces eran exclusivos de los hombres. Lo extendió e hizo participes a muchas mujeres de su entorno. Es ejemplo pionero de la mujer humanista, con inquietudes por alcanzar metas reivindicativas para la mujer, que sabe introducirse en el ambiente del Renacimiento cultural y científico, con toda su femineidad, también realizando tareas domésticas, hilar, tejer y así como introducirse en el terrero de las letras, de las artes, del gobierno y del desempeño de cargos directivos incluso en la Universidad.
Isabel se ejercitó en el dominio de las lenguas castellanas, latina, que llegó a dominar a la perfección, francesa, habló el catalán, el gallego, el valenciano, etc. Y se adentró en la literatura y en la poesía, tocaba instrumentos musicales.
Los fundamentos de esta eclosión de cultura los puso la Reina Isabel con su Academia Palatina.
“La Reina Católica compartió en la práctica el pensamiento de Antonio de Guevara: no deven las princesas y grandes señoras dexar de enseñar todo lo que puedan enseñar a sus hijas y no se deven engañar diciendo que por ser mujeres, para las ciencias son inhábiles ca no es regla general que todos los niños son de juicio claro y todas las niñas son de entendimiento obscuro; porque si ellas y ellos deprendieran a la par, yo creo que avría tantas mujeres sabias como hay hombre necios... y, sin duda, a la preocupación y celo de doña Isabel por la cultura femenina se debe al florecimiento intelectual de estas mujeres ilustres de su corte y de su época, cortejo y estela verdaderos de la reina humanista”.
El secreto de su éxito radicaba en confiar en las personas y darles plena responsabilidad y fiarse plenamente de su honradez.
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Isabel La Reina |
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Es una mujer tremendamente religiosa, tenía gran serenidad y razón, su modo de conversar era ameno y su platicar estaba salpicado de dichos graciosos, muchos quedaron como proverbios. Sabía modular su comportamiento y su palabra fácil, vibrante cuando era menester, pero apacible y serena en otras ocasiones, como fruto de sus claras ideas y de su buen corazón. Bondad no es debilidad y así supo ella mezclar dulzura con entereza: “aquel rigor tan misericordioso”...
Aparece de pronto una leyenda o falsedad, por falta de objetividad por la que se le tilda a la Reina Católica de descuido en su aseo; dicen que era poco limpia hasta el extremo de no mudar su camisa sino muy de tarde en tarde. Pero haciendo una concesión a la posibilidad de que por la mente de la Reina Católica hubiera pasado la idea de haber hecho algo que en ella no era habitual, existe una conseja inconsistente por no estar reflejada en ningún documento, según la cual la soberana en los días próximos a la inminente conquista de Granada, trataba de convencer al que había de ser su primer arzobispo, de que su nombramiento estaba ya muy cercano añadiendo algo así: “porque antes se alcanzará Granada, que yo mude mi camisa...”
De ser esto así, la buena higiene de la Reina quedaría a salvo, presuponiendo con el contexto que mudar de camisa lo hacían las personas de su entorno y de su rango, en cortos espacios de tiempo.
Otra muestra del carácter al mismo tiempo humilde pero indomable de que estaba revestida esta mujer, lo tenemos en el negocio que ella quiso llevar a cabo para la reforma de las Órdenes Religiosas. Vino de Roma para tratar con ella el Ministro General de los franciscanos, enemigo acérrimo de Cisneros. El General en su conversación tachó de hipócrita, inepto, ignorante y hasta embustero al humilde franciscano español, confesor de la soberana. Escuchóle ella muy pacientemente y cuando aquél hubo acabado de lanzar improperios, le preguntó si estaba en su sano juicio y si había dado cuenta de con quién estaba hablando...- “En mi juicio estoy, contesto el religioso, sé que estoy ante la Reina de Castilla, que es tan polvo como yo”. Y dándole la espalda y con un portazo, salió furioso de la estancia real. La moderación de la Reina y su respeto por las personas sagradas, pasó por alto tan grave humillación y desacato, pero siguió adelante con la reforma que ella juzgaba imprescindible. Porque, si bien sabía perdonar las afrentas a su persona, era imperturbable en lo que atañía el gobierno de sus reinos.
Una vez que resolvía a comenzar una empresa, la llevaba con constancia hasta el final. De su disposición de servir al pueblo, a los humildes, nació la práctica de que todos los viernes del año en cualquier lugar donde se hallaran, los Reyes se sentaban “pro tribunali” dando audiencia a chicos y a grandes para que cada uno, sin intermediarios, pidiera justicia a sus Reyes. Esta práctica la cuenta con detalle Gonzalo Fernández de Oviedo, quien añade que después que Dios “llevó a esa Sancta Reina, es más trabajo negociar con un mozo de un secretario que entonces era (hablar) con ella en su Consejo, e más cuesta”.
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