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Su boda con su primo segundo, príncipe Fernando de Aragón, rey de Sicilia, hijo de Juan II de Aragón y la princesa Juana Enriquez. Se estableció por su “determinada voluntad” cuando Isabel contaba 17 años, y sirvió para unir los reinos de Castilla y Aragón. No obstante fue necesaria una dispensa papal por ser ambos primos segundos, a cambio de la cual el rey se comprometió a luchar por la cristiandad.
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”Esta Reyna de comunal estatura, bien compuesta en su personae en la proporción de sus miembros, muy blanca e rubia;
los ojos entre verdes e azules, el mirar gracioso e honesto, las
facciones del rostro bien puestas, la cara toda muy hermosa e
alegre”.
Hernando de Pulgar
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La boda, el 19 de Octubre de 1469 en Valladolid, en la casa de Juan Vivero, con demasiada concurrencia, “E se habló y se habló hasta la saciedad de la bondad, de la oportunidad, de la inoportunidad del hecho, de la paciencia e impaciencia de los novios”.
Señala Palencia que cuando se encuentran por primera vez, cuatro días antes de la boda, “la presencia del Arzobispo, reprime los movimientos de los novios, cuyos corazones, fortificados entonces por una mutua contemplación debieran estar poco después llenos de alegría por el lazo lícito del matrimonio”.
Isabel amaba mucho al rey, su marido e celebrábalo fuera de toda medida, “Amaba de tanta manera a su marido, que andaba sobre aviso con celos a ver si él amaba a otras y si sentía que miraba a alguna dama o doncella en su casa con señal de amores, con mucha prudencia buscaba medios y manera con que despedir a aquella tal persona de su casa con mucha honra y provecho”. Es discutible que este enlace tuviese un fondo de amor, por parte de D. Fernando, a quien le nació un hijo natural el mismo año de sus bodas; no podemos decir lo mismo por parte de ella, y la misma Isabel así lo reconoce cuando hace suyo un conocido romance:
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El que se casa por amor,
Siempre vive con dolor.
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Esta lucha contra los
celos era en parte combatida por doña Isabel, rodeándose de damas poco
agraciadas y feas, además de virtuosas, capaces de impedir cualquier
devaneo de don Fernando. No obstante, vinieron al mundo otros vástagos,
de los que se conocen tres hijas.
Mosén Diego de Valera reseña así la regía noche nupcial, aun dentro de
la natural discreción del protocolo palatino: “El príncipe y la
princesa consumaron su matrimonio. Y estaban a la puerta de la cámara
ciertos testigos puestos delante, los cuales sacaron la sábana que en
tales casos suelen mostrar, además de haber visto la cámara do se
encerraron”.
De esta forma se cumplía y restablecía una tradicional y rígida
costumbre, abolida en el reinado de Enrique IV, y que persistió largas
centurias, para testimoniar la consumación de la coyunda. Esta exhibición
de las sábanas ensangrentadas como típico ritual nupcial perduraría
hasta el siglo XVIII.
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