LA MADRE

 

Madre

Un primer embarazo, fruto de su matrimonio un año antes celebrado, se inicia en los comienzos de 1470, con la edad de diecinueve años. En el mes de febrero de ese año se hace pública la preñez. Isabel da a luz en Dueñas, el 1 de Octubre de 1470. De este parto nace una niña, a quien se bautizó con el mismo nombre que su madre y abuela; la princesa Isabel, que luego había de casar, el 18 de abril de 1490, con el príncipe heredero de Portugal, el príncipe don Alfonso.

Con fortaleza arrostró doña Isabel los dolores de su maternidad, costumbre que fue para ella habitual en estos trances, si creemos al relator oficial, buen conocedor de la reina. Dice de ella Hernando del Pulgar, cronista de los Reyes Católicos: “Guardaba tanto la continencia del rostro, que aun en los tiempos de sus partos encubría su sentimiento, e forzábase a no mostrar ni decir la pena que en aquella hora sienten o muestran las mujeres”.

Juana la Loca

Sin embargo, más trabajo le costó cumplir con la costumbre castellana –ya impuesta desde los tiempos de la madre de don Pedro El Cruel, acusada de hacer pasar por su hijo al de una judía, de que el parto fuese presenciado por testigos; ritual que la princesa cumplió con la condición de que su cara fuese cubierta con un velo, con lo cual no sólo ocultaba su vergüenza, sino también el que nadie pudiese detectar en ella un rictus de dolor y sufrimiento.

Su alma honesta y pudorosa se verá igualmente reflejada al final de su vida con ocasión de recibir la Santa Unción.

E
n la guerra de sucesión que pronto se desencadenó por causa de los presuntos derechos dinásticos de Juana la Beltraneja y como consecuencia de las fatigas bélicas y de sus largos traslados montando siempre a caballo, tuvo doña Isabel pocos años después de este primer nacimiento un aborto en Toledo, o en el camino de Toledo a Ávila, pasando por Cebreros; se trato, de un percance sin mayores consecuencias, pues pasados dos días continuó cabalgando hacia Tordesillas cuando el verano de 1475 comenzaba. Este aborto ocurrió de noche y expulsó la reina un feto varón, lo que hace pensar que la gestación se interrumpió ya con algunos meses de evolución e Isabel hizo jurar al médico que nunca diría nada de esto y del malogrado hijo a su esposo el rey, para evitar toda aflicción por la pérdida del hijo deseado.
El 30 de junio de 1478, después de peregrinar la reina a San Juan de Ortega, santo procurador de niños, para rogarle uno ya que lleva cerca de ocho años de esterilidad, exceptuando el aborto referido, nacía durante la octava del Santo Precursor en el Alcázar de Sevilla, entre las diez y las once de la mañana, el ansiado y único varón: era el príncipe Juan, heredero de la Corona y príncipe de Asturias, en los siguientes términos refiere el cura de Los Palacios este nacimiento: “Parió la reina doña Isabel un hijo príncipe heredero dentro del Alcázar de Sevilla”.
El príncipe presentaba desde su nacimiento una debilidad física notable que obligó a los médicos al empleo de toda clase de tónicos, vigorizadores y entre ellos se le recetó el extracto de tortuga. El príncipe don Juan padecía labio leporino y tartamudez.
A los ocho meses de este parto, la reina iniciaba una nueva gravidez, pues para noviembre esperaba una nueva maternidad. El 6 de dicho mes de 1479, “a las tres horas después de la salida del sol”, en Toledo nace su tercer hijo, una nueva infanta, a quien se puso el nombre de Juana. Con el tiempo la princesa heredaría la Corona y la mente perturbada de su abuela materna. La desdichada Juana la Loca, madre del emperador Carlos V. 
En marzo de 1482 la reina Isabel se traslada de Aragón a Medina del Campo, camino de Andalucía, de nuevo preñada. Esta vez intuye que su gestación sería múltiple, por sus grandes molestias, y en el siglo XV los partos dobles eran, a juicio de los agoreros, de tan mala sombra como los eclipses de luna.
En Córdoba nació el 29 de junio de 1482 la princesa doña María, cuando la reina , que a las treinta y cinco horas tuvo otra niña muerta, estaba ocupada en los asuntos de la guerra de Granada. Esta infanta doña María se casa en 1500 con su cuñado, viudo de su hermana Isabel que muere tras su primer parto, el rey de Portugal don Manuel el Afortunado.
El quinto y último alumbramiento de doña Isabel se produjo en Alcalá de Henares, nace la princesa Catalina, también dos veces casada y destinada a ser en el trono la primera esposa de Enrique VIII.
Esta hija fue la predilecta del rey, “es la hija que yo más quiero de las que Dios me dio”.
La reina decae en salud a partir de 1496, fallece su madre, pero queda reflejado en palabras las dolorosas muertes de dos de sus hijos, Isabel y Juan, el heredero, “los cuchillos de dolor de las muertes de sus hijos, que traspasaron su ánimo y su corazón”.
Afortunada en sus empresas, no lo fue en la suerte de sus hijos. El dolor más lacerante le vino por la muerte del Príncipe don Juan, fue un dolor agudo, porque el dolor de la madre se unía el pavor de una Reina, que veía tambalearse el bienestar de sus reinos.
Cosa conocida es cómo los médicos del príncipe ante el deterioro de su salud, sugirieron reiteradamente a la madre la conveniencia de una separación prudente y temporal de su hijo del lado de su esposa la Archiduquesa Margarita. El exceso del ejercicio del amor conyugal, que en otro joven no hubiera revestido peligro alguno, en este joven enfermizo y enclenque pudo ser causa de su muerte.
La reina se opuso a cualquier tipo de intento de separación, “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”, comentó.
Esta mujer pierde al príncipe en su temprana edad, le es arrebatado el bien más preciado, su hijo adorado, precisamente el día de San Francisco, ¡su especial abogado!... Lloró en silencio, pero se mantuvo obediente a la voluntad de Dios. Con todas las demás hijas, sufrió o bien la muerte temprana en el caso de Isabel, la enfermedad e incluso, en el caso de Catalina, un verdadero destierro martirial.