Poco después de llegar Espinosa
a Madrigal, fray Miguel creyó ver en él a su rey deseado,
y cuando se lo insinuó al pastelero, éste le respondió
ambiguamente.
Tras varios encuentros con Espinosa a través
de la reja del convento, doña Ana también se convenció.
Aquel hombre era su primo, llegado providencialmente cuando más
lo necesitaba. Poco después ambos se prometieron en matrimonio,
condicionándolo ella a conseguir la dispensa de voto, merced
que el Papa no negaría a un rey. De ahí el llamar hija
a Clara Eugenia, y no por otras causas. Por cierto, el sábado
15 de abril de 1595, fue bautizado en Madrigal Gabriel, otro descendiente
de la pareja, hijo de Inés, pastelera, y de su amo, que
dijo ser suyo, según un apunte en el libro de bautismos
de Santa María del Castillo, de Madrigal.
La relación del pastelero con la sobrina del
Rey no podía quedar en secreto. Y cuando las habladurías
comenzaron, Gabriel de Espinosa marchó a Valladolid con algunas
joyas y dineros de doña Ana. Aunque había prometido ir
hacia el norte a encontrarse con un hermano que ella creía tener,
para volver con él a Madrigal, parece más cierto que por
el momento pensaba dejar aquella aventura.
Acusado de crimen de lesa majestad, Espinosa fue condenado
a la horca, cumpliéndose la sentencia en la tarde del 1 de agosto
de 1595, en la plaza pública de Madrigal, donde todos quedaron
sorprendidos del orgullo de su mirada, la cólera con que citó
a don Rodrigo ante el Tribunal de Dios y la tranquilidad que tuvo ajustándose
la soga al cuello. Luego, su cuerpo fue decapitado y hecho cuartos,
siendo los despojos expuestos al pueblo.
Trasladado a Madrid fray Miguel de los Santos, y acusado
del mismo crimen que Espinosa, fue primero degradado al estado laico,
y después, a mediodía del jueves 19 de octubre, ahorcado
en la plaza pública. Al pie del cadalso insistió en su
inocencia diciendo haber creído que Espinosa era don Sebastián.
También decapitado, su cabeza fue transportada hasta Madrigal
para acompañar por unas horas a la del Pastelero.
La culpa de doña Ana de Austria se saldó
con un encierro en el convento agustino de Ávila. Allí,
desprovista de privilegios, pasó poco más de 3 años,
hasta que su primo Felipe III, a poco de suceder a su padre, la hizo
devolver al de Madrigal, donde, restituida su influencia y recobrada
la tranquilidad de espíritu, fue elegida priora. Ocupó
aquel cargo hasta que en 1611, dejando la orden de San Agustín,
pasó a ser abadesa del cisterciense monasterio de las Huelgas
de Burgos, la mayor dignidad eclesiástica a que una mujer podía
aspirar. Y por cierto que actuó como una magnífica prelada,
quizás la mejor que tuvo nunca aquel real sitio.
En cuanto a Inés Cid, fue azotada y desterrada
de Madrigal, de donde enseguida partió con sus dos hijos hacia
un destino del que no ha quedado constancia.
Muchos más detalles podrían contarse,
pero no caben en el marco de este apunte, construido a partir de datos
históricos tomados de documentos de la época, en los que
con mi esposa María Isabel Muñiz y Ángel Luis Portillo
llevo buceando bastantes años. Pues el caso apasiona por sus
implicaciones y los cabos sueltos que ha dejado, el más importante
el de la verdadera personalidad de Gabriel de Espinosa.