El pastelero de Madrigal

  Gabriel de Espinosa


llegó a Madrigal alla por el año 1594
 † Madrigal, 1595).


El misterio de Gabriel de Espinosa
Breves notas por Cesar Fernández Beobide

Gabriel de Espinosa llegó a Madrigal a finales de Junio de 1594. Le acompañaban una hija de 2 años a la que llamaba Clara Eugenia y una mujer gallega de unos 27, Inés Cid, que pasaba por ama de la niña. Venían de la Nava del Rey y pretendían quedarse en Madrigal para vivir de los pasteles de carne y empanadas que preparaban. Porque Gabriel ejercía de pastelero.

Era pequeño de cuerpo, de flaco y curtido rostro, con una nube en su ojo derecho, y tenía encanecidos pelo y barba, lo que acaso le hacía parecer más viejo de lo que decía ser, pues él afirmaba tener unos 40 años. De gesto orgulloso, labia, cierta destreza a caballo y conocimiento de idiomas -francés y alemán, cuando menos-, a algunos les parecía más un caballero encubierto que un humilde oficial.

Tres meses más tarde Gabriel de Espinosa fue apresado en Valladolid por don Rodrigo de Santillán, alcalde del crimen en la Chancillería. Llevaba días mostrando joyas y hablando con poco respeto del rey. Pero el mayor misterio fue el de las cuatro cartas que le tomaron. Dos eran de fray Miguel de los Santos, agustino portugués, vicario del convento de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal, y otras dos de doña Ana de Austria, monja en el mismo convento y sobrina del rey don Felipe II, como hija natural que era de don Juan de Austria, el héroe de Lepanto. En aquellas cartas el fraile trataba de “Majestad” al pastelero, y las palabras de doña Ana no sólo parecían las de una novia a su prometido, sino que además se refería a la niña Clara Eugenia, llamándole “mi hija”. Para don Rodrigo, con más deudas de las convenientes, aquélla era la oportunidad de alcanzar el favor real y la encomienda con que tantos altos funcionarios soñaban, así que, saltando jerarquías, escribió directamente a Su Majestad.

Recibido el encargo del caso, don Rodrigo y sus alguaciles viajaron enseguida a Madrigal, entraron en la clausura del monasterio, hicieron encerrar a doña Ana en sus aposentos y, tras un rápido registro, se llevaron los escasos papeles que hallaron. Prendieron así mismo, entre otros, a fray Miguel de los Santos y a Inés Cid.

La primera explicación del extraño comportamientos del pastelero la dio fray Miguel con una fantástica revelación. Gabriel de Espinosa era realmente el rey de Portugal don Sebastián, derrotado, desaparecido y dado por muerto en 1578 en los campos africanos de Alcazarquivir, a donde había ido al frente de 20.000 soldados para dar batalla al infiel

No era aquélla la primera reaparición de don Sebastián. Conseguida la sucesión del trono portugués por Felipe II, tras la muerte del Infante don Enrique y la expulsión de don Antonio, prior de Crato, también aspirante a la corona, muchos portugueses añoraban un rey propio. Dos casos de pretendidos don Sebastián habían sucedido diez años antes en Portugal, acabando con la prisión y muerte de los impostores.

En la investigación que siguió participó además desde mediados de noviembre el doctor Juan de Llano Valdés, sacerdote, capellán real y antiguo inquisidor, comisionado también por el Rey para hacer justicia con frailes y monjas, a quienes por su fuero no podía castigar don Rodrigo.

Muchos interrogatorios se sucedieron, en general superficiales, reiterativos y plagados de contradicciones, sobre todo los que se hicieron bajo tormento. Innumerables cartas se cruzaron entre los comisionados y el Rey, quien fue el verdadero juez de aquel caso. Y con todo, grandes dudas permanecieron en él. Los aspectos que parecen mejor probados son los siguientes:

· Doña Ana de Austria, de 27 años y frágil salud, que vivía desde los 6 en el monasterio y llevaba ya casi 5 de profesión, deseaba abandonar un estado para el que no sentía vocación, en el que había entrado obligada por el Rey. Por otra parte, gustaba de historias de aventuras, en especial las que se referían a su admirado padre y a su primo el rey don Sebastián, a quien creía vivo.

· Fray Miguel de los Santos, que por apoyar al Prior de Crato en el conflicto sucesorio había sido desterrado de Portugal, llevaba algún tiempo contando a doña Ana unas visiones que decía tener en las que se le aparecían ella misma y el rey don Sebastián uniendo sus vidas para acometer grandes empresas.

· Espinosa vivía desde 1591 con Inés Cid, a la que conoció en Allariz (Orense). Clara Eugenia, su hija, nació en Oporto, donde la pareja había ido en compañía del Capitán Pedro Bermúdez y sus soldados. Salvatierra, Zamora, Toro, La Nava del Rey, y finalmente Madrigal, fueron escalas que sucesivamente hicieron Gabriel e Inés, lugares donde Espinosa se ganaba la vida como pastelero. Esta relación con la milicia y algunos otros puntos de las declaraciones podrían indicar que aquel hombre hubiese aprendiendo las lenguas y habilidades de que hacía gala participando en otras campañas.

Poco después de llegar Espinosa a Madrigal, fray Miguel creyó ver en él a su rey deseado, y cuando se lo insinuó al pastelero, éste le respondió ambiguamente.

Tras varios encuentros con Espinosa a través de la reja del convento, doña Ana también se convenció. Aquel hombre era su primo, llegado providencialmente cuando más lo necesitaba. Poco después ambos se prometieron en matrimonio, condicionándolo ella a conseguir la dispensa de voto, merced que el Papa no negaría a un rey. De ahí el llamar “hija” a Clara Eugenia, y no por otras causas. Por cierto, el sábado 15 de abril de 1595, fue bautizado en Madrigal Gabriel, otro descendiente de la pareja, “hijo de Inés, pastelera, y de su amo, que dijo ser suyo”, según un apunte en el libro de bautismos de Santa María del Castillo, de Madrigal.

La relación del pastelero con la sobrina del Rey no podía quedar en secreto. Y cuando las habladurías comenzaron, Gabriel de Espinosa marchó a Valladolid con algunas joyas y dineros de doña Ana. Aunque había prometido ir hacia el norte a encontrarse con un hermano que ella creía tener, para volver con él a Madrigal, parece más cierto que por el momento pensaba dejar aquella aventura.

Acusado de crimen de lesa majestad, Espinosa fue condenado a la horca, cumpliéndose la sentencia en la tarde del 1 de agosto de 1595, en la plaza pública de Madrigal, donde todos quedaron sorprendidos del orgullo de su mirada, la cólera con que citó a don Rodrigo ante el Tribunal de Dios y la tranquilidad que tuvo ajustándose la soga al cuello. Luego, su cuerpo fue decapitado y hecho cuartos, siendo los despojos expuestos al pueblo.

Trasladado a Madrid fray Miguel de los Santos, y acusado del mismo crimen que Espinosa, fue primero degradado al estado laico, y después, a mediodía del jueves 19 de octubre, ahorcado en la plaza pública. Al pie del cadalso insistió en su inocencia diciendo haber creído que Espinosa era don Sebastián. También decapitado, su cabeza fue transportada hasta Madrigal para acompañar por unas horas a la del Pastelero.

La culpa de doña Ana de Austria se saldó con un encierro en el convento agustino de Ávila. Allí, desprovista de privilegios, pasó poco más de 3 años, hasta que su primo Felipe III, a poco de suceder a su padre, la hizo devolver al de Madrigal, donde, restituida su influencia y recobrada la tranquilidad de espíritu, fue elegida priora. Ocupó aquel cargo hasta que en 1611, dejando la orden de San Agustín, pasó a ser abadesa del cisterciense monasterio de las Huelgas de Burgos, la mayor dignidad eclesiástica a que una mujer podía aspirar. Y por cierto que actuó como una magnífica prelada, quizás la mejor que tuvo nunca aquel real sitio.

En cuanto a Inés Cid, fue azotada y desterrada de Madrigal, de donde enseguida partió con sus dos hijos hacia un destino del que no ha quedado constancia.

Muchos más detalles podrían contarse, pero no caben en el marco de este apunte, construido a partir de datos históricos tomados de documentos de la época, en los que con mi esposa María Isabel Muñiz y Ángel Luis Portillo llevo buceando bastantes años. Pues el caso apasiona por sus implicaciones y los cabos sueltos que ha dejado, el más importante el de la verdadera personalidad de Gabriel de Espinosa.

Poco le sacaron los jueces sobre su vida y andanzas. Y, leyendo los interrogatorios, parece que tampoco lo intentaron con firmeza. Nada cierto declaró él de sus padres y su cuna. Y del nombre dijo no ser el suyo, sino que lo usaba por figurar en el permiso para ejercer de pastelero. Esto último está confirmado en el más antiguo documento que hasta ahora hemos encontrado sobre él. Es un apunte en el libro de acuerdos del concejo de Ocaña fechado en agosto de 1588 donde Gabriel de Espinosa reclama su derecho a ser pastelero exhibiendo un título de examen de ese oficio expedido en Toledo.

¿Cómo, un pobre oficial, pudo llegar en tres meses a prometerse con la sobrina de Felipe II? ¿Y cómo se atrevió a mantener en todo aquel proceso una actitud entera, y aún retadora, con personas tan influyentes como don Rodrigo de Santillán? ¿Por qué Simón Ruiz, el mercader más adinerado de Medina, le hacía llevar comida en vajilla de plata a la cárcel donde lo recluyeron?. ¿Y por qué fray Miguel, quien había conocido a don Sebastián, siguió afirmando al morir que le había creído el rey?

La leyenda y el recuerdo de las varias obras de ficción que se han escrito sobre este trasgresor personaje del siglo 16 se entrelazan con los datos históricos de otras y hasta con los propios deseos de cada uno, confundiendo fácilmente a quien no acude a las fuentes. Pero incluso a al vista de ellas muchas preguntas siguen quedando sin respuesta, y todo es aún posible. El misterio de Gabriel de Espinosa permanece abierto a la investigación. ¿Pastelero, soldado, hijo oculto de algún noble, caballero encubierto... ¿o rey?.

Patricio de la Escosura, autor de Ni Rey ni Roque (1835), inspirado en el destino del pastelero de Madrigal.




Ángel Luís, Maribel y Cesar. Todo nuestro agradecimiento para ellos

José Zorrilla  argumentó el drama en verso titulado TRAIDOR, INCONFESO Y MÁRTIR.(1849)



 
Aquel texto dramatizaba dos figuras míticas: el Rey perdido portugués Don Sebastián y el Pastelero del Madrigal.

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Fernández y González vende miles de ejemplares a finales del siglo XIX con su "El Pastelero de Madrigal" convirtiendo esta historia en un verdadero folletín.

Manuel Fernández y González, el escritor español de mayores ventas en el segundo tercio del siglo XIX, publicó más de trescientas novelas y algunas, como El cocinero de Su Majestad o El pastelero de Madrigal, superaron  –¡entonces!– los doscientos mil ejemplares.

 
Sobre Cesar Fernández Beobide...

Cesar y Maribel son dos de esas personas de las que uno se siente orgulloso de considerarse su amigo.

Aunque ambos realizaron estudios universitarios de esos de los que uno conserva el título porque suena importante, son dos personajes dotados de una humildad que atrae el cariño de los que los conocemos.

Maribel decidió dejar a un lado su futuro como profesional para dedicarse a poner en pie un hogar con enanitos revoltosos, mientras Cesar inicio una brillante carrera profesional que le ha llevando a ocupar importantes cargos dentro de los departamentos informáticos de grandes empresas.

Desde hace muchos años el personaje del Pastelero y sus muchas incógnitas, atrajo la mente estructural y analítica de Cesar, así es como yo le conocí hace más de 8 años, desde entonces Cesar, en compañía de su colaboradora incansable y esposa, se desplazan de un lugar a otro tras los pasos de aquel esquivo y enigmático Gabriel de Espinosa y visitan de vez en cuando nuestro pueblo indagando en su archivo en busca de todo aquello que les ayude a conocer el Madrigal de aquel lejano 1595.

El artículo aquí firmado por Cesar me llegaba con el siguiente mensaje de su parte “Te adjunto el papel que me pediste. Siento que me haya salido un poco más largo (algo menos de 3 páginas) pero he intentado acortarlo en lo posible y no puedo más sin eliminar partes importantes ¿valdrá así?. Admito que me digas que no, y que he de cortar algo.” Sirvan sus propias palabras como homenaje a una persona, que para mi, sin lugar a dudas es la persona que más ha ensuciado sus manos entre manuscritos de mil procedencias, intentando romper un misterio que no hace sino crear nuevas preguntas por cada pregunta a la que se da respuesta.

Ángel Luís Portillo (Cronista oficial de Madrigal)

Gabriel de Espinosa

Edición publicada en 1608

Edición de 1608  enviada por Joaquín Santa María

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