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Reina de Castilla (1474-1504). Hija de Juan II de Castilla y de
Isabel de Portugal, pasó sus primeros años en Arévalo,
cerca de su madre. Marchó a la corte de su hermano Enrique IV,
donde vivió hasta su matrimonio, en 1469, con Fernando, rey de
Sicilia y heredero de la corona de Aragón. Tras la sublevación
de su hermano Alfonso, los nobles de su partido pretendieron proclamarla
reina, aunque Isabel quiso tener el acuerdo de su hermano Enrique IV,
según lo dispuesto en el pacto de los Toros de Guisando (1468)
en el que se la reconocía como heredera con algunas condiciones,
entre ellas la de estar casada. Puesto que por aquellos años aún
no había contraído matrimonio. Enrique IV la desheredó
en beneficio de su hija Juana, hecho que desencadenó un enfrentamiento
entre Portugal, partidario de Juana, y Aragón, partidario de Isabel.
A la muerte de Enrique IV (1474), que no llegó a resolver su sucesión,
se desencadenó una guerra sucesoria que ganaron los partidarios
de Isabel, y ésta, junto a su esposo Fernando, fue reconocida reina
de Castilla, en 1476.
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A pesar de que ambos monarcas realizaron diversas obras conjuntamente,
destacaron en Isabel rasgos característicos, como una marcada preocupación
religiosa, visible en el establecimiento del Tribunal de la Inquisición
y en la voluntad de acelerar la conversión de los musulmanes, la
amistad cada vez más fuerte con Portugal y la anteposición
de la conquista de Granada a la recuperación del Rosellón,
así como el apoyo a Cristóbal Colón y el deseo de
que la colonización de América fuese más misionera
que económica. En su reinado cabe destacar tres fases: una de crisis,
desde su proclamación como reina de Castilla hasta las Cortes de
Toledo (1480); otra de crecimiento, marcada por la reconquista de España
a los musulmanes y la recuperación del Rosellón, así
como por el descubrimiento de América y la estabilidad económica;
y una tercera en la que la muerte de su único hijo varón,
el príncipe Juan (1497), la afligió para el resto de sus
días.
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