Dios y yo en Arrebatacapas

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A mil doscientos metros...

A mil doscientos metros: ¡ Qué hermosura!.

Sabes a juncia, Dios, esta mañana.

Erosionaba el sueño la temprana

inquietud de encontrarte por la altura.

El aire regalaba su frescura

como un ala gigante. Un ala hermana,

que conociera el ansia soberana

de agarrarte la mano con premura.

Apenas de las sombras desasido

un disparo de pájaros rozaron

la paz que en el silencio me trajiste.

Como si penetrara Dios cada sentido.

Todas las cosas, todas, se callaron

después de que por ellas me viniste.